AL FIN.
Me encontraba esa mañana con sentimientos diversos, gusto, angustia, nerviosismo pero controlado, sabía que la prueba era durísima en lo que significaba, sabía que podría enfrentarla y mi miedo era al miedo por presentarla, no dudaba de mi, sabía lo que yo tenía, sabía de lo duro que fue la lucha para poder llegar hasta ahí, mi sonrisa no reflejaba mi interior era completamente contraria a mis sentimientos más profundos.
Ese lugar donde estaba, había sido construido por mi padre algunos años antes, en ciertas ocasiones lo acompañé a ver el progreso de la obra y muy niño yo me gustaba andar entre las máquinas correteando por todos lados hasta que oía la voz de mi padre gritar “vámonos”, porque solo a gritos se podía hablar por el estruendo que había ahí y nos íbamos a la siguiente obra.
Tuvo mi padre grandes construcciones en toda la República y en el extranjero, ingeniero muy capaz y decidido. Me gustaba verlo cuando se iba con su casco y sus botas, muchas veces en la madrugada. Tengo recuerdos muy antiguos quizá recortados por el paso del tiempo, en uno de ellos me veo parado entre mis padres en una camioneta, no sé si la imagen de camioneta se la doy ahora al pensarlo, pero tenía que ser una camioneta, mi madre de vestido floreado, mi padre todo de blanco y yo parado en medio, veo el mar a mi izquierda y la selva a la derecha, recuerdo que mi madre iba cantando y creo que yo la seguía. Haciendo cuentas, en ese recuerdo quizá tenía yo tres años de edad.
En otra ocasión me veo lleno de sangre en los brazos de mi madre y oírla decir “está muy grande la herida” luego supe que por salir a ver a mi padre que se iba, me subí a un mueble a prender la luz y di de narices contra el filo de la puerta. He sido toda mi vida un gran cliente de fracturas, heridas, golpes y demás.
Me veo en un jardín, es de noche y me veo con una pelota en la mano y un árbol enfrente, sé que era la casa, luego supe que fue en Oaxaca, con alguien platicaba yo y reía, no recuerdo mis palabras más después supe que decía que estaba jugando con mi tío Chávez, era el piloto de la compañía constructora y cuando salía a jugar con él no se sabía que ya había muerto, él pasaba algunas tardes por la casa según me cuenta mi madre y me llevaba a la plaza a comer helados, el día que se fue de viaje para no regresar es cuando comencé a salir a la huerta a jugar con él en las noches, luego llegó la noticia de que el avión se había estrellado y él murió ahí.
Esto no es raro en mi, ahora menos frecuente que antes pero siempre han existido historias de este tipo entre la familia, siendo mi madre, otros hermanos y mi nieta, más propensos a presentar estas manifestaciones.
Esa mañana, tenía la misma sensación de aquella otra mañana ocurrida muchos años antes, al dirigirme a esperar el camión de la escuela que por primera vez pasaba por mi hermano Alfonso y por mí. Era una mañana fría de febrero, de esos fríos de la ciudad de México, tenía el gusto y la angustia para empezar la primaria, entraba a un mundo desconocido, éramos los primeros que recogía y tras una hora de recorrido llegábamos a la escuela, ese día lo recuerdo en dos acciones, la subida al camión y mi salón de primero con mi maestra Chelo y los compañeros, presentándonos cada uno, yo me llamaba orgullosamente Abelardo Cid Topete Miranda o eso decía, que después tuvieron que llamar a mis padres a la escuela para aclarara mi nombre, Abelardo Carlos Alfonso Cid Topete, el Miranda lo había escamoteado del nombre de mi padre.
Tenía frente a la casa varios amigos, dos de ellos gemelos sordomudos, Juan y Fernando, excelentes compañeros de juego, por ellos aprendí hablar el lenguaje de señas que hasta la fecha no lo olvido, otro gran amigo, mayor que yo era Nelson Vargas, el anterior director de deportes nacional, a tres cuadras a José José, todos formábamos una gran pandilla, jugábamos beis, excursiones, éramos acólitos y organizábamos torneos de box y peleas contra los de las otras colonias o cuadras. Enfrente vivía mi abuelo paterno y mis tíos los patos Cid ya que le decían a mi abuelo rico Mac pato, fue una infancia feliz, estábamos en la casa en ese tiempo mi madre y mis hermanos ya que mi padre andaba en el Salvador o en Guatemala, o en Oaxaca y ya nosotros en la escuela, por eso nos quedamos en la ciudad de México.
Íbamos a jugar beis a los llanos de la Malinche entre Atzcapotzalco y Clavería, arrastrando nuestro dogout o caseta hecha por nosotros, contra los mugrosos de Camarones, todo comenzaba muy caballerosamente y apostábamos la caja de refrescos y la pelota nueva, todo se cumplía y se pagaban apuestas, ya todo arreglado empezaban los golpes y las pedradas hasta el siguiente sábado, lo mismo.
Varias veces después de algunas peleas fui a parar a la comisaría y como mi abuelo era juez y abogado, pues era el que iba por mí con la letanía de que “a la siguiente ahí te quedas”.
Mi abuelo materno vivía cerca en la siguiente colonia, la Nueva Santa María, por el me inicié en el hábito de la lectura, cada vez que iba a la casa me llevaba un libro y una pelota de beisbol. Por él disfruté a Salgari y a Julio Verne, amén de muchos libros más. Los dos abuelos totalmente diferentes, el paterno Alfonso, bronco, dicharachero y buen consejero, y el materno Carlos, profundo, buen consejero, serio y gran narrador, sus pláticas sobre el Mineral del Amparo, de Guadalajara y de Etzatlán, las saboreaba enormemente.
Ya en la secundaria nos habíamos cambiado a la Colonia Condesa, junto a Chapultepec, estuve poco tiempo ahí ya que me fui a estudiar a Puebla, mandado de interno por mis aciertos conductuales, mas no escolares. Siempre fui anti autoridad y rebelde, me expulsaron del Franco Inglés por negarme a cantar la Marsellesa y darle una patada al director por haberme jalado las patillas.
Llegué al internado Benavente con el pensamiento de escaparme y se lo dije a mi padre, “si me voy al internado me escapo” y él me dijo “si te escapas ni regreses a la casa”, a la semana de estar en el colegio ya no quería regresar a México, fueron mis mejores años de estudiante. El internado, militarizado, altamente deportivo y de gran nivel académico, hacían de él uno de las mejores colegios de México.
Mis recuerdos de mis grandes maestros son precisamente del Internado Benavente, independiente de los de la Universidad, a los de México los recuerdo sin pena ni gloria. Los de Puebla marcaron mucho mi vida, como Valerio López prefecto de mi sección de dormitorio y maestro, el director Don Rafael Martínez “el Taco”, excelente maestro y ser humano. Varias noches me dejó parado a medio patio por faltas de conducta, una de esas noches me llamó y me dijo que me habían visto en la zona roja, le dije que no era cierto y me preguntó que quienes habían ido, yo lo sabía pero le dije que no sabía, me mandó al patio descalzo y en ropa interior a que se me refrescara la memoria, cada hora me preguntaba lo mismo y yo lo mismo respondía, así pasó toda la noche, a las 7 a bañarme, desayunar y a clases. Después me felicitó por no haber sido rajón, que no esperaba otra cosa de mí.
Regresé a la ciudad de México a terminar la preparatoria y de ahí a la Universidad a Medicina, siempre añoré el no haberme quedado en Puebla y seguir mis estudios profesionales en la Universidad de Puebla. Años después me casé en Puebla.
Fue un tiempo muy difícil emocional y familiarmente hablando, el haber regresado al D.F., el integrarme a una nueva escuela que aunque también era de lasallistas, mi familia y mi escuela seguía siendo el Benavente de Puebla. Pero como todo pasa y sigue uno adelante, aunque por dentro se haya detenido la emoción y el recuerdo, puedo decir ahora que a pesar de haber pasado tantos años añoro a Puebla.
Posteriormente le dedicaré varios capítulos a mi paso por la Facultad de Medicina, ya que merece mención aparte. Baste saber por ahora que la Facultad, sus grandes maestros y la carrera forjaron mi rumbo por siempre, el nombrar aquí alguno de esos maestros sería injusto para los demás. Quiero escarbar la memoria a fondo y hablar de todo y con todo de la Universidad.
Al terminar los estudios de medicina, mi espíritu aventurero y pata de perro me llevaron a Querétaro a realizar mi Internado de pregrado, entré de lleno a ser médico, a formar una nueva familia emocional y a disfrutar de la práctica en la medicina. No se explicaban los compañeros el por qué me gustaba tanto estar de servicio en urgencias, el que les cambiara sus guardias por un servicio tranquilo y yo quedarme en urgencias, así como en el piso de expulsión.
Fue ahí en el Hospital Civil de Querétaro donde tuve a uno de mis más grandes maestros el Dr. Don Francisco Alcocer Pozo. De los grandes médicos de antaño, donde primero era el enfermo, fuera de lo que fuera y no la especialidad. El rumbo de mi vida médica él lo marcó para siempre, hasta la fecha me meto a todo en la medicina y es raro que derive a un especialista, salvo situaciones de alta especialidad. Lo mismo atiendo a un paciente en su domicilio, que en el hospital, soy de los pocos médicos que sigo atendiendo a domicilio.
Al terminar en Querétaro un maravilloso año de práctica médica, unos días después iba ya viajando a Quintana Roo a realizar mi Servicio Social.
Esa mañana de angustia, gusto y nerviosismo, estaba yo ante las puertas del paraninfo para ingresar a mi examen profesional. Al voltear, ahí estaban mis padres y el Dr. Don Francisco Alcocer, se quitó la angustia, el nerviosismo y me invadió el júbilo y la importancia.
Dr. Abelardo Cid Topete.
Guadalajara, Jal. Junio 2009
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Me siento muy Orgulloza de ti. :)
ResponderEliminarUn abrazote de
Nanny